LAS ELECCIONES PLEBISCITARIAS

Jorge de Esteban, El Mundo 23/Abr/98

LLAMAR a las cosas por su nombre no sólo es un requisito indispensable para un cabal entendimiento en la vida social, sino que, en muchas ocasiones, es también una exigencia de honradez intelectual. De lo contrario, puede ocurrir lo de aquel obispo que, con tal de comer carne durante la cuaresma, mantenía que las ancas de rana no eran carne, sino pescado, puesto que tales animales viven en el agua...

Traigo esto a colación porque algo parecido está sucediendo en la actualidad, respecto al cacareado proceso de las primarias, que el PSOE ha entablado para elegir al candidato a presidente del Gobierno en las próximas elecciones, que, por cierto, no se sabe cuándo serán. En efecto, la adopción del nombre de primarias para el proceso señalado es un claro abuso de un concepto que lleva a un malentendido o, en el peor de los casos, a una superchería. Pero vayamos al origen de esta idea.

Las primarias son un procedimiento que se inventó en Estados Unidos para la selección de candidatos a múltiples puestos, incluido el de presidente, y cuya motivación fue la de eludir el monopolio de selección que estaba en manos de los llamados caucus o reunión de los caciques de los partidos. Se trataba así de llevar a la práctica una democratización en esa selección, a efectos de que pudiese presentarse quien quisiese, sin el pasaporte inicial emitido por cada partido.

De esta forma, los requisitos para poder denominar primarias a un procedimiento de selección de candidatos son cuatro, sin los que no cabe hacer uso de esa expresión. En primer lugar, cualquier persona puede presentarse para ser nominada por un partido, incluso sin ser militante del mismo. En segundo lugar, el aparato de cada partido debe mantener su total neutralidad ante los candidatos que se presenten. En tercer lugar, quienes eligen a los candidatos son los electores de cada partido y no únicamente los militantes. Y, por último, una vez seleccionados los candidatos por ese cuerpo electoral el partido los hace suyos.

Sin estos requisitos no es posible hablar de elecciones primarias, salvo que queramos entrar en el reino de la confusión. De ahí que tal tipo de procedimiento unicamente esté vigente en Estados Unidos, en razón de su propia historia, como de la peculiaridad de los partidos americanos, los cuales distan bastante del modelo europeo, mucho más disciplinados, jerarquizados y omnipresentes en la vida política. El procedimiento que ha adoptado el PSOE no puede ser denominado, en consecuencia, bajo ningún concepto, como primarias. Por el contrario, tal y como se ha concebido habría que denominarlo más bien como plebiscitarias. Esto es, de lo que se trata es de conseguir que el actual secretario general, elegido por cooptación, más bien que por elección, en el último congreso del Partido, vea afianzado y plebiscitado su débil liderazgo, a la sombra del siempre omnipresente Felipe González, logrando así una cierta legitimidad ante los militantes y electores del partido. Al mismo tiempo, se ha pretendido también ofrecer una fachada de falsa democratización, permitiendo el aparato del partido que se presentara otro candidato cuasioficial, y hasta un outsider, de nombre Cañete, del que nunca más se supo. Pero todo ello naturalmente bajo el control de la Ejecutiva, que ha visto con estupor, y el consiguiente agrado, que esta medida ha sido acogida con gran eco popular, como si fuese realmente la esencia de la democracia. De este modo, supongo que se habrá ya disipado el miedo que atenazó por un momento al presidente de Extremadura, cuando exclamó, ante la adopción de este procedimiento, que se trataba de un golpe mortal a la «democracia representativa», tradicional en el partido, en favor de una peligrosa «democracia directa», con la que cualquiera podría salir elegido.

Es más: se ha disipado al mismo tiempo también otro aparente rasgo para fomentar la democracia interna en el partido, puesto que se podía pensar que al ser las elecciones para seleccionar al candidato a la presidencia del Gobierno, el PSOE, con buen criterio, quería escindir los puestos de secretario general y eventual presidente del Gobierno, al estilo del PNV, lo que en principio, como digo, es más democrático. Sin embargo, también en este caso se trata de un espejismo que fue aclarado rápidamente por Joaquín Almunia, cuando, al presentarse Borrell, manifestó que si salía elegido éste, él dimitiría de su cargo de secretario general. En otras palabras, en el PSOE continuarán unidos en el futuro, en la misma persona, los cargos de secretario general y de presidente del Gobierno o, en su caso, de jefe de la Oposición...

Sin embargo, lo descorazonador de este intento fallido del PSOE, radica en que sin ser unas auténticas primarias, según lo que he expuesto, no cabe duda de que podía ser un procedimiento más democrático para seleccionar a los candidatos a diversos puestos que el tradicional del caucus del partido. Pero para ello sería necesario que el aparato del mismo permaneciese neutral y no presentase un candidato oficial, como ocurre en este caso, ya que así se desvirtúa toda democracia interna. De ahí que sea una paradoja que Almunia, enfervorizado por el eco popular de los engañados con estas falsas primarias, después de su miedo inicial, afirme ahora que este procedimiento debería imponerse por ley a todos los partidos. Para ese viaje no hacen falta tales alforjas, pues lo peor que puede ocurrir con una buena fórmula es utilizarla de manera espúria.

Por lo demás, como suele ocurrir con tanta frecuencia entre nosotros, este novedoso procedimiento ha sido copiado del modelo francés, pues, como se sabe, es el que se adoptó para elegir el candidato del PSF a las elecciones presidenciales en 1995, después de la crisis que había sufrido este partido con los escándalos de corrupción. Lo que ocurrió, como es notorio, es que en lugar de elegir los militantes del partido al candidato oficial, entonces secretario general, Henri Emmanuelli, se nominó a Lionel Jospin, que había blandido la bandera del regeneracionismo. Pero, naturalmente, no es éste nuestro caso, porque España sigue siendo diferente.

En conclusión, me temo que muchos españoles seguirán sin poder votar en las próximas elecciones al PSOE, ya que se ha perdido una espléndida ocasión para su necesaria regeneración. Pues está ya claro que sin que se adopte previamente la democracia interna en este partido, no se podrá regenerar. Y, para ello, no cabe duda de que sería conveniente la adopción de métodos democráticos para la selección de los candidatos a los diferentes puestos, pero una cosa son las primarias y otra, llamemos a las cosas por su nombre, las plebiscitarias.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.