CARTA BOMBA A UN AMIGO

Lucía Draín


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Amigo, espero llegar a tiempo, poder sacarte de este océano de rostros amables con corazones helados, todos ellos latiendo al paso. Quiero contarte algo.

 Hace pocos años llegué a una Turquía conmocionada por la última noticia. Unos guerrilleros kurdos habían detenido un autobús con jóvenes soldados de reemplazo. Asesinaron a veinticinco muchachos disparándoles en la cara. Poco antes, o poco después, o mientras tanto, el ejército turco continuaba la metódica destrucción de 3.000 pueblos y ciudades kurdas. Triste tierra, donde los numerosos maestros de escuela asesinados por los kurdos comparten "pacíficamente" cementerio con miles de crimenes políticos a manos turcas. Este conflicto, tan desconocido y ajeno, entró como una corriente fría en mi vida.

 Es que llovía sobre mojado. Días después de que Steven Spielberg, junto al Jefe del Estado israelí, Weizmann, estrenará emocionadamente, en Tel Aviv, su película "La Lista de Schindler", el ejército judío volaba por los aires, en escarmiento, la vivienda de otra familia palestina. La familia que, supuestamente, había criado los pedazos de carne que ahora quedaban del nuevo muchacho-bomba, al que no le importó abandonar este mundo si se llevaba por delante los pasajeros de un autobús cualquiera. ¡Menudos objetivos militares!, un autobús urbano y una casa temblorosa.

 Y dime amigo mío, ¿quién tiene la razón?, ¿kurdos o turcos?. Alguien tendrá la razón de su parte, ¿no...?, ¿judíos o palestinos?. No, por favor, no sigas leyendo..., contéstame antes de seguir... ¿quienes llevan la razón?, ¿quienes son víctimas?, ¿quienes verdugos?, ¿?

 Nuestra lejanía a esos mataderos, la profunda sensación de neutralidad, conseguirán que te invada una inquietante respuesta. Y descubras que nadie tiene la razón, ¡NADIE!. Que todos los muertos son víctimas, que todos los vivos verdugos. Que cada crimen o tortura --orgasmo negro de la venganza colectiva-- no tiene más valor que profetizar, que "justificar" el siguiente crimen. Dibujando una espiral que gira monótonamente, generación tras generación. La más tenebrosa herencia de nuestros abuelos. La misma que dejarás a tus nietos.

 Pero no fueron estos sarpullidos de violencia, en el fondo tan cotidianos, lo que prendió en mi conciencia y en mi memoria. Fue la oportunidad de sentir mi condición de individuo "neutral" en medio de sociedades tan sensibilizadas. Pude descubrir a miles de individuos adoctrinados, desde la lejanía de su infancia, por medios de comunicación, por sus familias, maestros y amigos. Hombres y mujeres presionados en sus trabajos y barrios hasta conseguir que su corazón lata acompasado y rítmico con todos los demás. Y tuve la certeza de que en el otro "bando", ¡en todos los bandos!, ocurre lo mismo. Lloran con ira a sus muertos y simplemente, inocentemente, relativizan todo lo demás. Inocentemente culpables.

 Las sociedades o colectivos adoctrinados sienten un odio tan puro, tan lógico, tan justificado por el trocito de horror y realidad que les permiten conocer, que incluso presionan y rechazan enérgicamente a los individuos que se declaran "neutrales".

 Aquellos fueron días tristes y turbulentos para la soledad de mi conciencia. Me resistía a reconocer que en mi país --la España de mis juegos y amores--, en mi barrio y en mi trabajo ocurría lo mismo. Me negaba a mirar el espejo, sabiendo ahora, que me iba a devolver la misma imagen que por otro lado rechazaba. Todavía me cuesta admitirlo. Y es que las verdades absolutas se desprenden dolorosamente, sobre todo cuando te acompañan desde tu infancia.

 Amigo, no importa que me leas desde San Sebastián o desde Madrid. Es indiferente. Quiero decirte que sólo el pacifismo político está pudiendo desintoxicarme. Pacifismo en sentido amplio. Rechazo a cualquier forma de violencia y desenmascaramiento de la propaganda partidista.

 Rechazo absoluto, insisto, absoluto a la violencia física. Pero también a la violencia estructural. El odio no sólo crece de la sangre sobre las aceras. Es como una mala hierba que prende en cualquier sitio. Nace en cualquier ACTO PARCIAL, para nuestra desgracia, en casi todos. En manifestaciones pacíficas, en asociaciones culturales, en consejos de ministros, en conciertos de rock, en titulares de prensa, en partidos de fútbol, en algunas letras de la Academia de la Lengua y demás ikastolas, en pintadas, en minutos de silencio, en la opinión de un padre, en manifiestos, en la barra de un bar, en plenos municipales, en sentencias judiciales, en institutos y universidades, en sermones dominicales,... en esta misma carta por más que intento arrancar todos los brotes de esta puta mala hierba.

 El pacifismo político, tan extremadamente minoritario, supone decisiones y compromisos muy concretos. No negar el derecho de autodeterminación pleno a ninguna sociedad, reclamando la normativa constitucional que lo garantice. Exigir legislaciones respetuosas a las mayorías y minorías lingüísticas, religiosas, étnicas... (federalización, territorial y no territorial). Perseguir y castigar legalmente, sin amnistía ni negociación, a todos los verdugos (los nuevos futuros monstruos tienen que encontrar un Pasado que los excluyó). No permitir que tus gestos de paz sean manipulados por los aparatos de propaganda de cualquier bando.

 Pero ante todo, el pacifismo político debe lograr la RUPTURA GENERACIONAL. Las personas marcadas por el odio, o irrecuperables en su fanatismo, no pueden ayudar absolutamente en nada. La única esperanza, débil esperanza, renace tímidamente con cada nueva generación. Papel en blanco que casi inmediatamente se emborrona del color adecuado. Sólo el ejemplo pacífico, la ausencia de excusas para la violencia, la crítica a la propaganda, puede impedir el adoctrinamiento de la nueva generación. Perdemos oportunidad tras oportunidad.

 Amigo mío, quiero decirte, que si la presión es tan fuerte que no puedes criticar con la misma energía a cualquier bando, es preferible el silencio. Los lazos de un solo color no tienen demasiado valor. http://www.demopunk.net/sp/ldrain