VEINTE AÑOS DE CASCARILLA

Lucía Draín

 

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Son ya casi veinte años. Veinte años de intentona democrática en España. Por un lado, las carencias democráticas que, por definición, arrastra cualquier monarquía. Por otro, la propia estructura del Régimen. Y esque no nos engañemos, el único poder que "directamente" elegimos, el Legislativo, se compone de individuos cuya primera fidelidad es hacia la cúpula de su partido político. La razón no puede ser más poderosa: renovar su acta de diputado depende que reaparezca en las listas electorales, y sólo después, el voto popular tiene algo que decir. Un simple problema de prioridades.

 

La situación no admite demasiadas interpretaciones. Las élites de los partidos redactan las "anónimas" listas (sólo existe una honrosa excepción) que terminan nutriendo el poder Legislativo. Poder que a su vez elige al presidente del Gobierno... el cual, ¡ale... hop!, fue quien seleccionó inicialmente a sus diputados. Bonito truco circular ¿verdad?. ¡Pueden repetirlo cuantas veces quieran!

Lejos de la fogosidad de las urnas, Legislativo y Ejecutivo, --¿podemos seguir hablando de dos poderes?-- nombran al Tribunal Constitucional (famoso por su automutilación en el caso del recurso previo de inconstitucionalidad, o por la erradicación de la libertad de difusión en radio y televisión). Otro tanto ocurre con el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), responsable del nombramiento de las salas del Tribunal Supremo (pletórico de grandes hazañas persiguiendo los casos Filesa, GAL y otras lacras). Periódicamente presenciamos el escandaloso chalaneo de los grandes partidos que pactan incluso el nombre del Presidente del CGPJ, ¡antes de que sea elegido por sus propios miembros!. ¡Menuda independencia la del CGPJ!. ¿También pactan los partidos los nombramientos del Supremo?, ¿qué lo impide?

 

Cerrando el círculo, un cargo de representación indirecta como es el presidente del Gobierno --que siempre es uno de los maestros armeros de listas electorales-- nombra sin control parlamentario alguno toda la administración civil y militar, la Fiscalía General, y un tremendo etcétera... Aún más, otorga a su discreción --formando oligopolios-- las licencias políticas de radio y televisión (el control de los medios informativos es fundamental). En tan lamentables circunstancias, la presión diaria del cinturón informativo y financiero se esfuerza, con evidente éxito, en la promoción de las diferencias de maquillaje entre dos partidos casi gemelos, el conglomerado PpSOE. A estas alturas sólo falta que se implante un sistema electoral mayoritario (circunscripciones unipersonales) para terminar de consagrar el vergonzoso bipartidismo de mensaje único, que tan buen resultado está dando en otras predemocracias.

 

En triste resumen, el Régimen actual ha traicionado el espíritu democrático. Un sofisticado aparato de propaganda da forma al espejismo de libertades y la falsa alternancia, mientras los grandes partidos se han consolidado como mafias regentes con control directo sobre todos los poderes e instituciones. Se ruega no confundir, a pesar de la evidente concordancia, mafia regente con monarquía parlamentaria.

 

Una advertencia a optimistas y "apolíticos". La democracia viciada por partidos políticos enfermos de endogamia ha sido, es y será blanco fácil de críticas. De hecho es uno de los argumentos fuertes de las teorías políticas totalitarias que desplazan al partido político en favor de otros órganos "naturales": municipio, centros de trabajo, religión, familia, ... Así pues, aún reconociendo la importancia y la necesidad de los partidos políticos, es prioritario introducir un contrapeso en este mecanismo de precisión. Son urgentes nuevos procedimientos de DEMOCRACIA DIRECTA. Esta es la clave. Esta es la esperanza.

 

¿Qué métodos de control directo pueden hacer frente a la actual esclerosis? ¿Qué experiencias existen? Existen ejemplos. Ahí están las elecciones directas al Ejecutivo (presidencialismo), la destitución directa de diputados por iniciativas dentro de su circunscripción, las elecciones primarias que permiten nominar candidatos o listas de los partidos por cualquier ciudadano, incluso sin ser afiliado. Y por supuesto, el referendum vinculante, especialmente eficaz unido al derecho de iniciativa popular.

 

Existen otras formas de democracia directa menos obvias pero igualmente eficaces. Como es no efectuar las elecciones a las Cámaras en todas las circunscripciones al mismo tiempo. En su lugar cada circunscripción vota cada cuatro años sin coincidir con ninguna otra. Se podría hablar de una democracia dinámica donde la mayoría parlamentaria tiene que ser algo continuamente a revalidar. Sin programas electorales de última hora. Sin fanfarrias o campañas electorales. Mes a mes. Todas estas medidas restringen en algún grado el "mandato imperativo" que las cúpulas partidistas están ejerciendo de hecho.

 

Pero hablemos del referendum en España. La cacareada Constitución le da a nuestra opinión directa, al referendum, sólo un valor consultivo. Vergonzoso residuo de despotismo ilustrado --imagino que Javier Solana da conferencias en la OTAN sobre el derecho al referendum, ¡vaya cara más dura!-- Y es que además, los referendum no pueden ser realmente forzados por iniciativa popular.

 

Como premio de consolación, en España existe la iniciativa popular legislativa. ¡Esa es otra!..., gazapo de una Constitución redactada para garantizar el Pasado. La iniciativa popular legislativa está prohibida sobre reformas constitucionales, o sobre leyes orgánicas (especialmente la Ley Electoral). Se diría que los redactores de la Constitución situaron premeditadamente la iniciativa popular fuera del blindaje del Régimen. En veinte años sólo se ha dado un caso de iniciativa: la ley de financiación del sistema educativo; después de 625.000 firmas y tres años de papeleo, el Congreso acaba de rechazarla, sin siquiera permitir su debate. ¿Pero qué carajo se creen estos señores? ¿Tienen idea del valor de esa legión de firmas?

 

Y es que la mejor prueba del continuado fracaso de la intentona democrática es un hecho incontestable: la absoluta ausencia de iniciativas para mejorar la democracia. Ay!, pena, penita, pena, ... mientras España languidece sin democracia, las únicas reformas constitucionales que se cacarean son cascarilla del mercadeo nacionalista. Y ni siquiera para todos. Sólo para ese extraño nacionalismo que rechaza en un mismo paquete el derecho de autodeterminación y el estado federal. Para ese estéril nacionalismo que satura la política diaria en un regateo sin final. Pero en fin... dejémoslo, esa es otra historia.

 

Otra reforma que ha sido aireada, por ansones y gallardones, anuncia el perverso sistema electoral mayoritario (circunscripción unipersonal) donde cualquier partido de ámbito nacional por debajo del 15% de votos sería barrido de las Cámaras. Brillante sandez. Frente a las actuales listas "anónimas" no se puede ofrecer el único diputado de distrito. En cambio, el sistema irlandés de voto personal transferible aplicado a pequeñas listas saca del anonimato a los diputados pero da alguna oportunidad a las minorías.

 

Y después de todo, sin libertad de difusión, sin mecanismos legales: ni iniciativa popular, ni referendum vinculante ¿qué se puede hacer frente al control editorial y financiero? ¿qué demonios se puede hacer?... Pues realmente no lo se. Desde luego, ya no sirve aquella milonga de que la democracia es joven, pero que el pueblo español es muy madurito, y bla..., y bla..., y bla,... Si la Transición después de veinte años de cascarilla sólo puede ofrecernos esto, la legitimidad del Régimen es poco mayor que la heredada de la Dictadura. Por cierto, unas confortables palabras de consuelo para optimistas y "apoliticos": en soberanía popular tampoco pueden darnos demasiadas lecciones las autoproclamadas democracias occidentales. Así que, ¡tranquilos!, ya se sabe, mal de muchos...
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