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El Borbón y su Régimen, según Vargas Llosa

Demopunk Net, Nov/2000


Con motivo del 25 aniversario de la muerte del general rebelde Franco los medios de propaganda han desencadenado una feria de alabanzas, loas, salmos y cánticos triunfales hacia el actual Régimen. Entre esta acrítica euforia destaca un lamentable artículo del liberal de mínimos Mario Vargas Llosa, "25 años de emociones".

Se diría que el émulo ortegiano desea, como hizo Gasset, pagar en moneda intelectual al régimen que lo acoge y mima. Reducida a mínimos su agenda liberal, concentrado su diminuto discurso político en la globalización económica, los liberales de modase encuentran cómodos y confiados en el actual grado de desarrollo de las libertades públicas. Pero, ante todo, su silencio refleja la satisfacción con el raquítico muestrario de libertades políticas (derechos para ejercer la intransferible soberania popular). Todo militante libertario tiene un discurso en defensa de las libertades más completo, consistente y elaborado que estos liberales de mínimos. Quedan pocos liberales que logren ofrecer junto a su natural capitalismo radical una actitud crítica hacia las famélicas libertades públicas, y sobre todo por las ausentes libertades políticas.

Las diferencias entre el actual régimen y la dictadura que le precede son óbvias, pero bastante menores que la ficción histórica que pretenden vendernos. Y dichas diferencias no pueden ser en ningún caso la constante excusa para justificar 25 años sin ninguna mejora democrática. El referente a la dictadura o a las "democracias hermanas" occidentales es la permanente consigna que adoctrina a la población en el prejuicio de que hemos tocado techo, de que el actual régimen y su constitución es lo que se entiende por Democracia.

Como el resto del coro, Llosa nos endilga la hagiografia más dramática: la beatificación del converso. Sublima la figura del monarca Borbón como la esencia mejor destilada del actual régimen, y no le falta razón. A su alrededor se concentra la mitología más cacareada del sistema político que nació de la Transición franquista. Habitualmente no debemos caer en la tentación de agudizar la crítica hacia el Borbón, como si su utópica caida puiede provocar la evolución de nuestra predemocracia (con seguridad, las élites le pagarían un retiro dorado en Lampedusa). Pero la intensidad de la propaganda en estos días merece una pequeña respuesta.

La beatificación del converso exige recalificar, relativizar o reinventar la parte más visible de su pasado, obviando el resto. Llosa nos repite, con su conocida elocuencia, la mitología del triangulo formado por Juan Carlos I, su padre don Juan, y el general Franco. La propaganda se resiste a aceptar la evidencia histórica de que padre e hijo se repartieron los papeles "del policía bueno y del malo", al objeto de asegurar una opción para la monarquía en cualquier futuro escenario. Sólo desde esta perspectiva se entiende la llegada a la España ensangrentada de un niño y su educación (sic), "el contubernio de Munich", las falsas veleidades liberales de don Juan y su exilio en la dictadura portuguesa. Las relaciones entre padre e hijo sufrieron los altibajos que cabía esperar de tan esquizofrénico plan. Llosa monta un imaginario cordón umbilical entre ellos, pero evita informar y explicar por que don Juan se negó abdicar en su hijo hasta 1977, dos años más tarde de la muerte del general rebelde.

La relación entre padre e hijo alcanza sólo la categoría de curiosidad historica. Sin embargo, la relación entre el principe Juan Carlos y el general Franco implica una grave responsabilidad política. Debemos reconocer la voluntad política del Borbón de no mantener la estructura política franquista, de transitar hacia el modelo de las tíbias "democracias occidentales". Reconocimiento y gratitud que no pueden ser un cheque en blanco a perpetuidad, canjeable por una monarquía por los siglos de los siglos. Y muchísimo menos puede explicar el evasivo silencio que el Borbón todavía hoy mantiene sobre la sanguinaria dictadura franquista.

Cincuenta mil. Cincuenta mil personas fueron asesinadas por el general Franco después de la guerra civil, terminado el conflicto donde "todo vale". Por no hablar de los exiliados y los represaliados en el interior. Un sangriento reguero que probablemente convivió ajenamente con el niño de 1948, pero que el adulto del 2000 no puede ignorar. Una sangrienta deuda que hace mínimas las brutalidades de las dictaduras latinoamericanas a las que hoy damos orgullosas y vacias lecciones. ¿Cómo podemos aceptar con una boba sonrisa que el Borbón no haya hecho ni la más mínima condena de aquellas atrocidades, que todos aquellos crímenes se hayan amortizado a beneficio del real inventario? Es inaceptable, y una grave responsabilidad que en el año 2000 no haya habido todavía una clara y explícita condena de Juan Carlos hacia los crímenes del general Franco. Mientras esto no ocurra están plenamente justificadas las acusaciones de complicidad con el franquismo, y su "equívoco" recorrido histórico por el siglo XX se explica más coherentemente en términos de los intereses particulares de la familia Borbón.

Celebran hoy 25 años del actual régimen, que todavía no alcanzan los años que Juan Carlos convivió voluntariamente con la dictadura. Otro dato que Llosa, y el resto del coro, ocultan es que Franco nombró en 1955 preceptor de Juan Carlos a Alfonso Armada, que permaneció como jefe de la Casa real hasta 1978 cuando Adolfo Suárez exigió su destitución por involucionista. Volveremos a él cuando analicemos el mito del 23-F. Pero nos permite preguntarnos cuáles eran los planes de Franco respecto a la monarquía. El permanente ninguneo de Franco hacia Juan Carlos, y el nombramiento de Carrero Blanco como primer y único presidente del gobierno durante el franquismo hace verosimil la hipótesis de que el general realmente aspiraba a perpetuar su régimen bajo control militar y estética monárquica. La muerte violenta de Carrero Blanco, trastocó los burdos planes de Franco.

La transición franquista incluye valientes decisiones de Juan Carlos que sería mezquino ignorar. En particular la legalización de todos los partidos es una deuda histórica que debemos reconocer. Pero la infame transición respetó todas las fortunas creadas en el franquismo, amortizó todos los crímenes, nos hizo heredar toda su clase política, jueces, policias y burócratas, y estabilizó una predemocracia que se niega a crecer. El saldo neto es claramente negativo, al menos para la minoría democrática. Por rescatar un sólo ejemplo de la fosa colectiva de franquismo, recordemos al joven Ruano, defenestrado y muerto en los años 60, mientras nuestro Borbón era educado. Incluso muerto, sufrió el escarnio de Fraga Iribarne (ministro de Información y Turismo) presentando su asesinato como un suicidio, y hasta los tribunales de actual régimen han insultado recientemente su memoria. Pero no todo el mundo es partidario de la amnesia política; recientemente un lider del Régimen, en calidad de presidente del gobierno, ha condecorado a título postumo a policias asesinados en aquellos años. Nada de todo esto puede deducirse del lírico relato de Vargas Llosa.

Y es que la transición franquista y sus secuelas no son, ni lejanamente, los resplandecientes escenarios que insisten en presentar. Endosa Llosa al Borbón la solución del denominado "problema militar" (un mérito que también reclama la izquierda capitalista del régimen). Sería necio negar que la mayoría de los nombramientos en la cúpula militar fueron muy acertados, produce terror imaginar las consecuencias de otros nombramientos. Pero también resulta insultante ocultar sistemáticamente otros datos. Los represaliados de la Unión Militar Democrática continúan en el fondo del baúl de los recuerdos. ¿Cuándo piensa el Borbón rehabilitar la memoria de la UMD, cuando piensa reconocer públicamente en estos  hombres las mismas actitudes que la propaganda alaba en él?. Por otro lado, todavía estamos pagando la solución del "problema militar": la conocida Reserva Transitoria sirvió, en otras cosas, para estar pagando un sueldo vitalicio a los militares más problemáticos, una envidiable "indemnización laboral". Si Llosa desea exportar nuestra transición, puede explicar a sus amigos chilenos que tendrán también que utilizar la billetera.

Por otro lado, lo que resulta completamente inapropiada es la calificación de sistema laico para el actual régimen. La iglesia católica recibe tratamiento de estado, una asignación directa milmillonaria a la que se añade los porcentajes fiscales decididos por los católicos, incluso los que no toman tal decisión terminan financiando numerosas ONGs católicas. La casi completa exención fiscal supone una astronómica financiación de dimensiones desconocidas. El régimen transfiere cuantiosos fondos a los colegios religiosos "concertados", en los colegios públicos se paga el sueldo de los profesores de religión católica para niños de 3 años en adelante (incluso en colegios de educación especial). Las donaciones a la iglesia católica son subvencionadas por el régimen con un 15% adicional, blanqueando el eventual "dinero negro" de contratos con la iglesia católica. Y además, un maduro liberal como Vargas Llosa debería conocer la posición de la iglesia católica sobre el aborto, la prostitución, el matrimonio, la adopción o la eutanasia. Debería conocer también la complicidad de la Iglesia Católica en el genocidio franquista, y cómo hoy niegan e ignorar tan evidente responsabilidad. Evidentemente, España no es Irán, pero ni lejanamente, es inaceptable el adjetivo de laico. ¿Conoce estos datos, o habla de oidas, el mimado peruano?

En la mitología de la transición, la epopeya del golpe de estado alcanza los mayores niveles de falsificación histórica. Pocas personas se preguntan, y por supuesto nadie contesta, por qué el rey, aquel día, tardó siete (insisto, siete) largas horas en ejercer públicamente su autoridad militar sobre los rebeldes. Teniendo casi todas las emisoras de radio sin ocupar. Por qué su mensaje televisivo sólo ocurrió quince minutos después de que Alfonso Armada abandonará el Congreso sin constituir su "gobierno de gestión". ¿Dónde está la contundencia en la defensa de la democracia?. Lo que realmente habría sido contundente sería haberse dirigido a toda España mediante las emisoras disponibles (la inmensa mayoría de ellas). Lo heroico habría sido asumir inmediata y públicamente la situación desde su autoridad militar. Lo definitivo, haber impedido cualquier intento de solución "Armada". ¿Es mucho pedir para tanto relumbre histórico?.

Ay!, Alfonso Armada. Impresionante biografía que recuerda un cruce de mil caminos. Fue condenado en el juicio del 23F81 a 30 años de cárcel (un obligado recuerdo del pequeño error periodístico del titular de ABC 24F: "Armada no tuvo nada que ver con el golpe") y poco después indultado. Nombrado por Franco en 1955 preceptor del príncipe. Fue secretario de la Casa del Rey hasta 1978 cuando el presidente del gobierno, Adolfo Suárez, forzó su destitución, por involucionista, amenazando con la propia dimisión. Y así, después de sus 22 años con el rey, es destinado como general a Lérida. Durante los meses anteriores al 23F81 realiza una intensa actividad política, impropia de un general. Más bien la actividad propia del eventual presidente de un gobierno de gestión. Diez  audiencias reales, entrevistas secretas con decenas de políticos: Múgica (PSOE), Pujol (CiU) y media UCD (actualmente en el PP). El "gobierno de gestión" y, sobre todo, sus reales apoyos son un secreto a voces durante el largo otoño del 80. El gobierno de Suárez, legitimado por las urnas el año anterior, es acosado desde todos los frentes a espaldas de la opinión pública.  La puntilla llega en Enero (un mes antes del golpe): seis días después de la dimisión de Suárez, Armada es "rehabilitado" y nombrado 2º Jefe del Estado Mayor de Tierra.  Y con tan privilegiada trayectoria, el día 23FEB81 Armada pretendió en el Congreso secuestrado el, tan traído y llevado, gobierno de gestión. Quince minutos después de su fracaso, siete horas después de iniciarse el golpe, el rey compareció públicamente por primera vez. ¿Pudo ser ajeno el Borbón a toda esta larga intriga de Armada? La historia, la verdadera historia, le pone muy difícil al rey alardear del 23F, y nos permite acusar directamente a los medios de propaganda de falsificación histórica.
 

En fin ... haciendo un esfuerzo de objetividad debemos reconocer que los intereses de la familia Borbón permitieron el nacimiento de un régimen predemocrático, que la estrategia del Borbón resultó inicialmente positiva para los demócratas. Si estuviesemos en 1978 mantendriamos aquella esperanzada pasión de estar viviendo el "comienzo de algo". Pero el peso del tiempo es la prueba de que nos hemos estabilizado en una democracia canija cuya única libertad política son las elecciones legislativas de listas cerradas y de baja proporcionalidad, donde casi todos los derechos de democracia directa están prohibidos, la separación de poderes es una entelequia indefendible y el poder constituyente popular es nulo. No existe la más mínima intención en la clase política de cambiar tan lamentable estatus.

En ausencia de libertades políticas no podemos esperar defender nuestras libertades públicas. "España es hoy un pais libre", afirma el escritor americano. Sentenciado por un liberal debería ser una profunda y razonada verdad. Pero lo cierto es que la libertad de expresión ha quedado sepultada por la ausencia de libertad de difusión, la libertad de huelga está relativizada por los servicios mínimos y por las amenazas de despido, la libertad religiosa está económicamente sesgada, la libertad de manifestación termina en frecuentes apaleamientos de manifestantes sin la precisa autorización. "España es hoy un pais libre", redobla Llosa, pero no creo que piensen lo mismo, por ejemplo, los deportados de Sasé, los presos políticos por insumisión o los represaliados como el ex-juez Liaño o como la ACT.